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Del conflicto socio-territorial a la creación de valor compartido

Autor: Mauricio Cortez L. Antropólogo Social. Magister en Ciencia Política.

Fuente fotografía: eldesconcierto.cl

A partir de la búsqueda de generación de valor compartido, licencia social para operar,  inversión social estratégica, actividades de participación ciudadana, entre otros mecanismos de relación entre empresas y comunidades, la necesidad de contar con profesionales especializados en esta área se ha vuelto cada vez más urgente.

No solo profesionales de las ciencias sociales, sino que también de las áreas de la ingeniería y la biología, quienes, frecuentemente, deben ser parte de los procesos de diálogo con la comunidad.

Una variante de esta aproximación de las empresas a las comunidades se da en el marco de conflictos socio-territoriales que surgen a partir de las operaciones de la compañía. Estos conflictos han sido caracterizados en estudios tales como el “Mapa de conflictos socioambientales en Chile”[1], desarrollado el año 2015 por el Instituto Nacional de Derechos Humanos; el   “Atlas Didáctico: Dimensión socioambiental de los conflictos territoriales en Chile”[2], publicado el año 2016 por el Colectivo Geografía Crítica Gladys Armijo; y el mapeo, aún en elaboración, desarrollado por el proyecto Fondecyt de la Universidad de Chile y la Universidad de Los Lagos: “Lo que los conflictos producen: configuraciones y dinámicas de la conflictividad socio territorial en Chile y sus consecuencias sobre las políticas públicas y los territorios”[3].

En general, estos mapeos muestran que los conflictos superan los 100 casos, motivo por el cual urge preguntarse si acaso las empresas tienen, en sus equipos profesionales internos o externos, las competencias necesarias para abordar la complejidad que reviste el insertar su proyecto productivo en territorios dinámicos y cada vez más empoderados.

En este escenario, como equipo consultor sugerimos una serie de herramientas, tanto analíticas como metodológicas,  para evaluar si la organización cuenta con estas competencias de modo que los Proyectos puedan insertarse de manera adecuada al territorio, beneficiando tanto a la empresa como a la comunidad.

En primer lugar, se requiere tener competencias que permitan observar el territorio y las comunidades que los habitan de manera multidimensional y estratégica. Con lo primero nos referimos a que las organizaciones sociales y sus dirigentes, la economía local, las relaciones de poder, los valores y códigos culturales, entre otros, se encuentran articulados entre sí y solo se pueden entender como un sistema. Es decir, los territorios son coherentes solo si se les mira de forma integrada.

Con lo segundo, queremos decir que los planes de ordenamiento y planificación territorial, las políticas y programas sociales, entre otros, son también parte del contexto en el que se insertará la empresa, sus operaciones y programas sociales, por lo cual es necesario que su accionar sea coherente con estos instrumentos, los cuales se encuentran al servicio del desarrollo local.

Solo de este modo será posible identificar y mapear a los “grupos de interés” o “stakeholders” e involucrarse en las dinámicas territoriales de manera armónica.

En segundo lugar, es necesario tener las competencias para acceder al territorio y a las comunidades, con el fin de generar vínculos estables en el tiempo. Para lograr esto, se requiere identificar las formas de acceso, lo que en antropología se denomina “porteros” e “informantes clave”, es decir, aquellos actores de la comunidad que facilitarán y darán legitimidad cultural a los representantes de la empresa para conversar con los líderes formales e informales de la comunidad. Este proceso requiere tiempo, respeto y una alta capacidad para generar conversaciones horizontales.

En tercer lugar, la empresa debe contar con conocimientos sobre modelos de intervención comunitaria y normas internacionales que les den sustento (GRI, ISO 26000, entre otras), dado que las acciones que realicen en el territorio deben ser consistentes tanto con los sistemas locales como con el contexto global. Por lo demás, la empresa debe establecer de manera clara para qué quiere vincularse con el territorio y de qué modo, puesto que objetivos tan diversos como evitar conflictos, aumentar la base de colaboradores, fortalecer la reputación corporativa o ampliar el mercado en la base de la pirámide, tendrán como resultado estrategias muy distintas entre sí.

Pues bien, aunque este campo de trabajo es vasto, a partir de estas consideraciones se puede observar que, si bien las empresas están destinando cada vez más atención y recursos a la relación con la comunidad, las competencias necesarias para integrarlo de manera sustentable a la organización es aún incipiente.

Evitar conflictos con las comunidades y generar oportunidades para agregar valor compartido al territorio es un horizonte posible de alcanzar en la medida que estas competencias se vayan incorporando al quehacer empresarial y a los diversos actores que conforman el territorio, puesto que esta discusión no se agota en la responsabilidad de  uno u otro actor, sino que en una perspectiva de desarrollo y transformación que los involucre a todos de manera no solo eficaz, sino que ética y pertinente al contexto local.

 

 

 

 

[1] http://mapaconflictos.indh.cl/assets/pdf/libro-web-descargable.pdf

[2] http://www.geografiacritica.cl/

[3] http://proyectoconflictos.ulagos.cl/